Traducciones

La mercancía explicada a mis hijos

[Traducido por Agintea Hausten. Publicado en el nº 4 de la revista Sortir de l’économie]

Comprar y vender son actos extremadamente banales hoy, realizados cotidianamente por todo el mundo, todas las empresas y en todos los países. Por tanto, unos ejemplos de otras civilizaciones nos muestran que esta manera de actuar podría ser poco frecuente o reservada a ciertos casos. De hecho, intercambiar, comprar o vender nos parece natural porque es un acto tan extendido que no nos hacemos más preguntas al respecto.  Sin embargo, mirándolo más de cerca, hay muchas cosas que descubrir bajo su apariencia.

Aquello que se intercambia durante una compra o una venta, es una mercancía. Una mercancía es una cosa, un objeto o un servicio. El comprador desea adquirirla por no saber o no poder hacerla él mismo. El vendedor no la necesita directamente sino que la ha producido con el único fin de venderla.  Aquél que la compra ve por tanto la mercancía desde un punto de vista diferente que aquél que la vende: el que compra la mercancía se interesa por el uso que tendrá así como el que la vende se interesa por el precio que obtendrá.

Por tanto el comprador y el vendedor están de acuerdo sobre un punto: la mercancía tiene un valor. Es esta base sobre la que buscarán saldar su transacción. También están de acuerdo en que todas las mercancías tienen un valor y que, a pesar de sus diferencias, podemos compararlas sobre este punto.  ¿Dónde encuentran el punto en común que les permite comparar todas las mercancías tan distintas entre sí? En el hecho de que las mercancías son producidas por un trabajo al cual hace falta dedicar un determinado tiempo. De la misma manera que el vendedor y el comprador ven dos aspectos diferentes en la misma mercancía, hay también dos aspectos diferentes, y por tanto inseparables, en el trabajo del productor de mercancías: aquello que produce como objeto o servicio, y el valor que puede obtener.

El trabajador atribuye a aquello que produce algo que no existe y a lo cual presta una gran importancia, más grande que a lo producido en sí mismo. Lo hace porque todos los demás hacen lo mismo y porque les es indispensable para ponerse de acuerdo entre ellos, aunque no se dé cuenta. Este tipo de funcionamiento, donde algo que no existe acaba por tener efectos bien reales –de igual manera aparentemente naturales y primordiales- a fuerza de hacer “como si”, se parece mucho a las creencias de los “salvajes” sobre el poder de los fetiches.

Emile Kirschey

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