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Proletarios de todos los países, ¿quién lava vuestros calcetines?

Sobre el trabajo doméstico, las mujeres y el capitalismo

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[Traducido por Agintea Hausten. Publicado en el nº 6 de la revista INCENDO Genres & Classes]

El trabajo doméstico es presentado generalmente como un conjunto de tareas realizadas en el hogar donde su realización se reparte desigualmente entre los hombres* y las mujeres*. Estas últimas realizan de hecho la mayor parte. Una injusticia que denuncia la prensa (burguesa o militante) en marzo cada año. Por lo tanto, nosotras no vamos a quedarnos con la constatación de esta desigualdad ni a poner en fila las clásicas cifras mostrando la zafiedad de los hombres, sino a dar a dar algunos elementos para la reflexión.

Con la evolución de la sociedad y de las costumbres, la cuestión del trabajo doméstico puede parecer menos central hoy (que por ejemplo en los años 70). Las reflexiones feministas actuales priorizan la sexualidad, la reapropiación del cuerpo o del espacio público, las violencias contra las mujeres, las discriminaciones en el trabajo, etc. Vemos por tanto que la doble jornada caracteriza aún la condición de las mujeres. El trabajo doméstico ha sido fundamental desde el siglo XIX en la construcción social del género* femenino, pero también en el desarrollo del modo de producción capitalista. Queda por saber qué es hoy.

Problema de definición

Es difícil ponerse de acuerdo en una definición de trabajo doméstico (ya que marca un posicionamiento político, a veces muy polémico). El término trabajo se presta por otro lado a la confusión ya que, en nuestra sociedad, es la remuneración (generalmente sobre la forma del salario) la que permite identificar una actividad como trabajo1.

El trabajo doméstico está constituido de las tareas efectuadas en el seno del hogar y que los estadísticos dividen generalmente en tiempo doméstico (limpieza, cocina, colada) y tiempo parental (crianza)2. Unas definiciones, en particular las de ciertas feministas, que incluyen igualmente las tareas afectivas o de lazos sociales3, el cuidado de miembros inválidos de la familia, o el “servicio sexual”. Este trabajo, que concierno todo lo que toca a la reproducción*, es mayoritariamente realizado por las mujeres.

Desde los años 70, la corriente feminista radical (en la línea de Christine Delphy) mantiene un análisis materialista y riguroso de la relación entre hombres y mujeres, y sitúa en el centro de su teoría el trabajo doméstico. Según esta teoría, está en el centro de un modo de producción específico (el modo de producción doméstico, distinto del modo de producción capitalista), en el cual las mujeres (consideradas como una clase) son explotadas por los hombres (la otra clase), lo que explica su dominación. El trabajo doméstico es pues la actividad de las mujeres en el seno del hogar. Porque rechaza (razonablemente fuerte) todo esencialismo*, esta corriente se resiste a poner por delante en su explicación la cuestión de la crianza de los hijos.

Estas dos definiciones son problemáticas. La primera ya que deja de lado el carácter estructural del trabajo doméstico no viendo más que un desigual reparto a corregir. La segunda porque implica una definición circular insatisfactoria: el trabajo doméstico es el trabajo efectuado por las mujeres, las mujeres son las personas que efectúan el trabajo doméstico. Si esto deja de lado de hecho la cuestión del reparto de las tareas en el seno de la pareja heterosexual, ¿cómo caracterizar las tareas efectuadas por los hombres? ¿Y aquellas realizadas en una pareja homosexual? ¿Y en una familia homoparental? ¿Qué decir de la (muy) lenta evolución del reparto de tareas? ¿No habría que tenerla en cuenta en un análisis de esta relación social? Y si el trabajo doméstico no es una lista de tareas, esta definición omite igualmente las diferencias materiales objetivas entre burguesas y mujeres proletarias4. El problema es también que esta teoría no denuncia más que una explotación económica de la clase del las mujeres por la de los hombres, sin ver el carácter central de la reproducción (como fenómeno social) para el Estado y el capital.

Una invención del capitalismo*5

El trabajo doméstico aparece de hecho en ese siglo XIX que ve el desarrollo fulgurante del capitalismo. Antes del periodo industrial, la población era mayoritariamente rural y campesina. El hogar (la granja), donde vivía una familia generalmente extensa (padres, abuelos, niños, solteros, otras personas, criados, etc.), era una unidad donde producción y reproducción coincidían. La producción agrícola permitía la supervivencia de la familia y, si bien el reparto de tareas era sexuado (como en toda sociedad conocida) las actividades de hombres y mujeres eran complementarias e indispensables (por ejemplo los trabajos de fuerza reservados a los hombres, el huerto y la crianza a las mujeres). Esta sexuación* no implicaba una desvalorización y una invisibilización de las tareas femeninas.

Si una parte de la actividad de las mujeres ha tenido por centro globalmente el lugar de la vivienda, la mayor parte de las tareas que se realizaban ya no existen hoy. Se trataba principalmente de una producción material destinada al autoconsumo (ropa, velas, etc.)6. A la inversa, las tareas que hoy en día forman el núcleo duro del trabajo doméstico (cocina, colada, limpieza) eran muy marginales (limpieza de primavera, contadas coladas, etc.) y la crianza de los hijos era bastante sencilla (el niño era considerado y tratado como un adulto en miniatura)7.

El paso al modo de producción capitalista supone una ruptura espectacular con la situación inmóvil que prevalecía desde hacía siglos. Los trabajadores fueron progresivamente desposeídos de medios de producción y subsitencia (el trabajo asalariado y la mercancía devinieron la regla), lo que instituyó la separación entre el lugar de producción (esfera pública*) y lugar de reproducción (esfera privada*). Es una novedad importante.

En un primer momento (hasta la primera mitad del siglo XIX) el capital utiliza sin escrúpulos la mano de obra a su disposición (hombres, mujeres, niños) pero se hace evidente que ello pone en peligro la reproducción misma de la “raza de los trabajadores” (Marx). Cuando los obreros trabajan catorce horas al día (más el trayecto), viene bien que al llegar a casa la sopa esté preparada, la colada hecha y los niños alimentados. Las mujeres (con su tradicional función de reproductoras del grupo) se encuentran entonces asignadas al hogar que toma su forma contemporánea de lugar de reproducción de la fuerza de trabajo*. Es en este momento en el que nace el trabajo doméstico que va a caracterizar la construcción social de las mujeres a lo largo del siglo XX (carácter central en la vida, la educación en este sentido, noción de esencia, etc.).

La realización del trabajo doméstico por las mujeres es un triunfo para el capital. Engendra también un descenso del tiempo de trabajo necesario* y por tanto un descenso del valor de la fuerza de trabajo. La parte de trabajo excedente, la fuente de plusvalía, es por ello mayor. El tiempo de trabajo necesario es el tiempo que necesita el asalariado para producir lo necesario para su reproducción (su salario). Si nadie puede realizar “gratuitamente” el trabajo doméstico, o bien el salario deberá aumentar (pues se deberá gastar más dinero) e igualmente el tiempo de trabajo necesario, o el tiempo de trabajo deberá disminuir8.

Pero en el siglo XX el capitalism ha tenido progresivamente la necesidad de liberar a las mujeres de la esfera privada* para explotar su fuerza de trabajo. En la segunda mitad de siglo, las mujeres entraron masivamente en el trabajo asalariado (especialmente en el sector terciario). A esto correspondió la evolución del derecho y de la familia pero también la socialización de ciertas tareas del hogar y el desarrollo de los electrodomésticos (“Moulinex libère la femme”). Este es el fin del patriarcado, pero ciertamente no de la dominación masculina.

Desde su auge, el capitalismo a hecho frente a una contradicción de peso. Necesita que el trabajo doméstico sea realizado, pero tiene igualmente necesidad de la mano de obra femenina. Este hecho, que parecía no ser más que una necesidad coyuntural en los años 50, ha devenido una necesidad estructural para los países occidentales. El capitalismo puede intentar resolver esta contradicción:

  • Asalariando a las mujeres en detrimento de la realización del trabajo doméstico;
  • Asignándoles al hogar/trabajo doméstico, en detrimento del trabajo asalariado;
  • Combinando los dos y socializando una parte de las tareas. Este es el método más preciado, el del trabajo a tiempo parcial impuesto que permite articular, más o menos bien, producción y reproducción (en Francia, el 80% de los trabajadores a tiempo parcial son mujeres)

Reproducción de la fuerza de trabajo

El trabajo doméstico comprende last areas indispensableas a la reproducción de la fuerza de trabajo que son de hecho de dos tipos:

-aquellas necesarias a la reproducción cotidiana (cocina, colada, etc.)10;

-aquellas necesarias a la reproducción generacional (maternidad y crianza)

Las tareas destinadas a la reproducción cotidiana, si bien son necesarias, tienen hoy una importancia menos central que en el siglo XIX o en los años 50 ya que han aparecido nuevas tendencias: soltería, unión libre, familias monoaprentales, socialización o comercialización de ciertas tareas, etc. Pero la reproducción generacional sigue siendo central (aun cuando ocumpe menos tiempo en la vida de una mujer en 2012 que en 1950).

¿Un trabajo gratuito?

Contrariamente a lo que se entiende generalmente, el trabajo doméstico no es realmente gratuito. Su remuneración está incluida en el salario del marido, que no es el pago del trabajo efectuado sino el valor de la reproducción de la fuerza de trabajo (del trabajador y de su familia). Hoy en día, esta remuneración esta comprendida en los ingresos de la pareja (es difícil para una pareja vivir con un solo salario). Es la lógica del sistema la que quiere que no se remunerable… por segunda vez.

Esto caracteriza el trabajo doméstico (y la relación entre hombres y mujeres) y lo diferencia de la explotación capitalista11. Las mujeres no son las proletarias* y los hombres los patrones12; el contrato de matrimonio (cuando lo hay) no es un contrato de trabajo; el hogar no es la fábrica.

Este trabajo se realiza no en beneficio del marido (el cuál obtiene un beneficio material, particularmente de tiempo libre – y la garantía de su cuidado), sino del capitalista que ve así a sus proletarios reproducidos.

Es esta remuneración indirecta la que hace que el trabajo doméstico sea desvalorizado y no reconocido (invisible).  

“Vamos, vamos, siempre tenemos algo que hacer”13

El trabajo doméstico es calificado a menudo de infinito. En efecto, cuando una innovación tecnológica permite eliminar una tarea (ganar tiempo), otra la reemplaza, en la considerable evolución de la forma del trabajo doméstico en el siglo XX14. La sociedad industrial, y después la sociedad de consumo a partir de los años 60, han modificado completamente la vida cotidiana y especialmente el trabajo doméstico (aparición y generalización de frigoríficos, aspiradoras, lavavajillas, comida industrial15, supermercados, etc.)

Podemos ver más casos: la necesidad de liberar a las mujeres del hogar para poder ploretalizarlas, el desarrollo de la sociedad de consumo (por ejemplo, de los electrodomésticos), etc. Pero nueveas tareas (en particular la gestión, la educación de los hijos, etc.) han aparecido y han reemplazado las precedentes16.

El trabajo doméstico tiene un carácter muy elástico. Cuando una mujer está asalariada, el número de horas de trabajo doméstico que realiza disminuye considerablemente en relación a una ama de casa (¿están sus hijos por tanto más sucios?). De la misma manera, una desempleada realiza menos horas de trabajo doméstico que un ama de casa ya que ella está dispuesta más hacia el exterior, tiene una vida social más desarrollada.

Hoy en día, muchas tareas pueden parecer completamente “inútiles” desde un punto de vista reproductivo (por ejemplo planchar los trapos o los monos de trabajo, limpiar bajo los sofás y detrás del frigorífico todas las semanas). El carácter infinito de esta lista de tareas muestra bien que no es exactamente una lista. El trabajo doméstico es la actividad de las mujeres en el seno del hogar la cuál está definida por su construcción social17.

Socialización de las tareas

Un gran número de tareas cotidianas han sido socializadas o mercantilizadas a lo largo del siglo XX (restauración del exterior del hogar, platos cocinados en el interior, pressing, etc.). El Estado también ha asumido la carga, o permitido, la socialización de otras tareas, como por ejemplo aquellas ligadas a la reproducción generacional: la educación pública, los comedores, guarderías, hospitales, casas de jubilados, etc.

De este modo, el Estado participa en la reproducción global de la fuerza de trabajo (Estado social, sanidad, educación, vivienda, etc.), evidentemente guiado por la búsqueda del beneficio económico y de la estabilidad social (y no por altruismo o filantropía). Por cierto, si la productividad de los trabajadores franceses está entre las más elevadas del mundo, el Estado de bienestar (o lo que queda de él) no esté probablemente ahí por nada. Es un medio para resolver el problema que plantean las mujeres al capital.

Cuestión de tiempo

Si el reparto entre hombres y mujeres de last areas en el seno del hogar es desigual, la desigualdad es anterior a la formación de la pareja. EN efecto, las mujeres solteras hacen más horas de trabajo doméstico que los hombres solteros (9h 20 de media)18 [ver la tabla de abajo19]. La diferencia pasa a 11h en una pareja (los hombres hacen menos y las mujeres lo mismo).

Además, cuando llega el primer niño, el tiempo de trabajo doméstico de las mujeres explota (el de los hombre disminuye más20). Les incumbe a ellas esta carga y esto se confirma y empeora con la llegada de más niños. La crianza transforma a una mujer ya de partida desigual.

Desde los años 60 hasta los 80, la participación de los hombres en las tareas domésticas aumenta, lo que se puede explicar por el creciente número de mujeres asalariadas.

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En efecto cuando los dos miembros de una pareja trabajan, remarcamos un ligero reequilibrio en el reparto de las tareas (menos razones “objetivas” para que sean las mujeres las que las realizan en su totalidad). A partir de los años 90, este aumento prácticamente se detiene. Parece pues que es sobre la crianza de los hijos sobre la que se apoya este reparto (las tareas de reproducción cotidiana pueden ser compartidas, desigualmente, pero las tareas de reproducción generacional incumben esencialmente a las mujeres).

Hay que señalar que la diferencia en el reparto de las tareas se reduce cuando el nivel de los salarios, especialmente el de las mujeres, aumenta21.  Las hay que trabajan confiando a otras, generalmente mujeres de un rango social inferior, la realización de ciertas tareas. La cuestión de las clases* resurge (coste de la guardería de los hijos, de ayudas en la limpieza, etc.), pero la sexuación perdura.

¿Y los hombres en todo esto?

Los hombres son intermediarios en el control de las mujeres (de su vientre) Una de las prerrogativas que mantienen es habitualmente  la realización del trabajo doméstico por parte de las mujeres22. Esto se transforma para ellos en tiempo libre (y les permite beberse unas cervezas viendo un partido en la tele)23.

Queda por saber qué hacen los hombres en el seno del hogar. Los estadísticos y ciertas feministas engloban así el bricolaje o la jardinería en el trabajo doméstico, lo cual no hacen las feministas radicales.

¿Es imaginable un reparto igualitario del trabajo doméstico? Esto puede parecer ciencia ficción ya que no está precisamente a la orden del día. Es menos probable que un reparto igualitario en número de horas conservando un reparto sexuado (los hombres la cocina y la colada, pero las mujeres la crianza de los hijos). Frente a una igualdad en número de horas, la definición feminista radical sería en parte socavada (ya que hay una evolución en el reparto). ¿Podríamos hablar siempre de trabajo doméstico? ¿De su fin? Más bien de una evolución o de una modificación de la relación social hombres/mujeres.

Mañana, la crisis

Un reciente informe de la OCDE24 preconiza desarrollar políticas que permitan un aumento de la tasa de actividad de las mujeres (considerada como una fuente de crecimiento económico futuro) y especialmente de asegurar un mejor reparto de las tareas domésticas en los hogares (particularmente el cuidado de los hijos).

El informe insiste sobre la necesidad de resituar rápidamente a las mujeres en el trabajo después del embarazo (que penaliza el trabajo y la evolución su carrera). De hecho esto concierno sobre todo a las más cualificadas y diploadas, ya que se trata de rentabilizar la inversión que representa su formación (hoy en Francia está en una media superior a la de los hombres). La fracción femenina de la clase capitalista puede escapar de ciertas tareas domésticas (gracias a las criadas) pero no al embarazo (aunque a más escala social se tienen menos hijos).

El Estado juega hoy un rol mayor en la reproducción global de la fuerza de trabajo, y los excesos del siglo XIX (riesgos para la reproducción de la “raza de los proletarios”) no son factibles.

Pero, ¿qué pasa con la puesta en cuestión del Estado de bienestar y las políticas de austeridad? En este mismo informe, la OCDE advierte a los Estados tentados por las medidas de austeridad, de reducir las inversiones en este campo (¡el trabajo del as mujeres es la llave del crecimiento!). Como se ve bien por ejemplo en Grecia, estas medidas afectan pesadamente a las mujeres, ya sea directamente (empleos femeninos en la función pública), o indirectamente (el Estado descargándose de ciertas tareas reproductivas sobre ellas): la reforma de las pensiones, ataques contra los servicios públicos y especialmente la sanidad (cierres de maternidades o centros de IVG en Francia), supresión de las ayudas a la dependencia (Gran Bretaña), medidas para el retorno al hogar (Hungría), etc. Sabemos por tanto que el capitalismo necesita el trabajo de las mujeres, particularmente en el sector terciario. Sabemos también que, en los años 70, las medidas puestas en marcha por el Estado (especialmente en Francia) en vista a reenviar a las mujeres al hogar han tenido un efecto marginal; aunque sufran más el paro, ellas permanecen el mercado de trabajo. ¡El modo de producción capitalista tiene un problema con las mujeres!

Trabajo doméstico y relación social

El trabajo doméstico es una invención del capitalismo y es definitorio de la forma que toma la relación entre hombres y mujeres en este modo de producción. Aunque haya evolucionado mucho, su rol permanece igual: la reproducción cotidiana y sobre todo generacional de la fuerza de trabajo.

Más allá de una reprobación moral ante una “injusticia” (la relación entre hombres y mujeres percibida como una desigualdad), algunos podrían tomar como accesoria la cuestión del trabajo doméstico. Es por tanto central, como lo hemos visto, en la construcción social de los géneros y en el modo de producción capitalista (así pues en la división del trabajo, la primera en darse). La revolución, de hecho, tendrá que superar la puerta del hogar y la esfera privada, para hacerlas volar en pedazos. Ya que es la revolución la que deberá hacer la limpieza.

1 Es también así porque, cuando escribimos que las mujeres “trabajan” habría que añadir en cada caso “a cambio de una remuneración”. 

2 Los estudios estadísticos engloban en el tiempo parental no solamente los cuidados de los niños (baño, preparar, etc.) sino también los juegos, los mimos, paseos, lecturas no escolares, etc.

3 Delphy habla de “prestaciones de representación social” que conciernen especialmente a las mujeres de la clase capitalista.

4 Claude Alzon critica a Christine Delphy en particular sobre esta cuestión. Ver Claude Alzon, La Femme potiche et la femme bonniche, pouvoir bourgeois et pouvoir mâle, Paris, Maspéro, 1974, 128 p.  Pone sobre la mesa las diferentes formas que toman la opresión de las mujeres burguesas y de las proletarias en los años 70.

5 Ver el artículo sobre el trabajo y la familia en el siglo XIX, p. 73

6 Además de un poco de trueque o de venta en el mercado. En consecuencia, sobre todo en el siglo XIX, algunos campesinos dedicaban una parte de su tiempo a la fabricación de productos que eran vendidos a los primeros industriales.

7 Sobre la aparición de las nociones de hijo y amor maternal ver Philippe Ariès, L’Enfant et la vie familiale sous l’Ancien Régime, Paris, Seuil, 1975, 320 p. et Elisabeth Badinter, L’Amour en plus, histoire de l’amour maternel, XVIIe-XXe siècle, Paris, Flammarion, 1981, 376 p.

8 Sobre este punto, ver, para aquellxs que tengan coraje, « Distinction de genres, programmatisme et communisation », Théorie Communiste, n° 23, mai 2010, p. 99-128.

9 Ver el artículo «Capitalisme, genres et communisme», p. 11.

10 Estas tareas deben ser hechas sea cual sea la situación, igualmente por un/una soltero/a

11 Además, el trabajo doméstico no produce valor, ni nada que sea intercambiable en el mercado (no podemos comparar el trabajo doméstico de las mujeres en el hogar y el trabajo asalariado de las mujeres limpiadoras)

12 Aunque Marx o Engels hicieron a veces, erróneamente, esta analogía.

13 Según Madame Lequesnois en la película de Etienne Chatiliez, La  Vie est un long fleuve tranquille, France, 1988, 90 mn.

14 En los años 50, no había habitualmente ni agua corriente, ni gas, ni evacuación de aguas residuales, ni frigorífico, etc.

15 Chrstine Delphy explicaba a principios de los años 70 que si las parejas no compraban comida preparada era porque las mujeres cocinaban gratuitamente.

16 A advertir que en Occidente, por obligación de la ideología ecologista, asistimos a un retorno de ciertas prácticas (paño en lugar que pañal, lactancia) que, generalizadas, podrían retornar a las mujeres al hogar. Pero esto no parece concernir por el momento más que a los bobos (bohemes-bourgeoises). Ver Elisabeth Badinter, Le Conflit, la femme et la mère, Paris, Flammarion, 2010, 272 p.

17 Pero una construcción social tiene una utilidad y puede además evolucionar.

18 Si los hombres son unos guarros, no es su culpa, ¡es una construcción social!

19 Fuente : Premières synthèses, n° 11.1, marzo 2001

20 Por pereza o porque dedican más tiempo a su actividad profesional, según los puntos de vista.

21  La Provence del 21 de junio de 2009 describía una pareja en la cual, después del nacimiento de un niño, la madre mantenía su empleo de veterinaria y el padre renunciaba a su empleo (peor pagado) para quedarse de amo de casa. El hombre habla de su alegría de ocuparse de los niños y la casa. Este ejemplo muestra que la lógica económica predominara sobre la de la sexuación. Pero las mujeres ocupan mayoritariamente los puestos menos remunerados, y es lógico que sean ellas las que dejen de trabajar. Es un círculo vicioso ya que se debe a que pueden tener hijos que tengan puestos peor pagados e inferiores…

22  Parece difícil de explicar seriamente miles de años de dominación masculina por una búsqueda de “confort”.

23 También transforma el pollo crudo en pollo asado, los calcetines sucios en calcetines limpios, etc. Para algunas feministas, el “servicio sexual” forma parte del trabajo doméstico y de las ventajas que tienen los hombres. Este era formalmente elcaso en el que la violación conyugal era reconocida jurídicamente.

24 OCDE, Assurer le bien-être des familles, 2011, 275 p.

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