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Virtudes femeninas. Crisis del feminismo y management postmoderno – Robert Kurz

[Traducido por Agintea Hausten. Publicado originalmente en la revista Exit!]

Si damos por bueno el mito bíblico de la creación, la mujer fue creada por Dios a partir de una costilla quitada al hombre. Esta visión patriarcal es sin embargo ambigua: por una parte, ciertamente, la mujer no es concebida más que como producto derivado del hombre; pero por otra, el hombre es herido por la “disociación”(1) de lo femenino y sufre un sentimiento de pérdida. Por supuesto, el problema no se sitúa en el plano anatómico. La “pequeña diferencia” que los niños descubren muy pronto sobre sus cuerpos no dice nada esencial sobre la forma en que los roles sociales y culturales son atribuidos en función del sexo. La dominación masculina (el patriarcado) no deriva de características biológicas sino que constituye al contrario un aspecto determinante de la forma social y resulta en consecuencia de procesos históricos.

El patriarcado no es una fatalidad. A lo largo de la historia, numerosas sociedades han conocido una relación más igualitaria entre los sexos. Por añadidura, la etnología comparada nos enseña que tanto los “caracteres” sociales o psíquicos que nos parecen hoy, con toda evidencia, “típicamente femeninos” o “típicamente masculinos”, pueden verse distribuidos de una manera completamente diferente en otras épocas, bajo otras estructuras sociales y otros modos de producción.

El universalismo abstracto de la civilización mercantil moderna siempre nos ha generado el efecto de un sistema sexualmente neutro. La mercancía es la mercancía, y el dinero es el dinero: ¿dónde podría pues inscribirse la discriminación sexual? La persistencia de estructuras patriarcales en la familia y la sociedad aparece de esta manera, a primera vista, como una simple reliquia de un pasado premoderno. Es en este sentido en el que, desde la Revolución francesa, el feminismo reivindica la “igualdad” prometida implícitamente por la forma universal de la economía monetaria moderna. Y la reducción a lo masculino del lema “libertad, igualdad, fraternidad” es desde este punto de vista, fruto de una arbitrariedad, herencia de una dominación masculina enraizada en la tradición. Quedaría por abrir esta consigna a la dimensión de una fraternidad femenina (“sororité”).

Hasta nuestros días, en el plano político, el feminismo apenas ha reclamado una mayor participación de las mujeres en el universalismo de la sociedad mercantil, haciendo valer que el “individuo abstracto”, partícula elemental de la sociedad, puede ser tanto una mujer como un hombre. Pero por otro lado, la investigación feminista en historia y sociología ha mostrado desde hace mucho tiempo que la discriminación y el menosprecio del que se ha hecho objeto a la mujer en la era moderna no son ni una “reliquia” de las condiciones premodernas ni una simple voluntad de poder por parte del sujeto masculino: arraigan por el contrario fuertemente en nuestras propias condiciones modernas. El sistema moderno de producción de mercancías no es todo lo universal que pretendiera. Posee una suerte de reverso que la teoría social oficial prefiere ocultar y que concentra todos los dominios y momentos de la existencia que no pueden ser expresados en términos monetarios. Por añadidura, este reverso del sistema es de todo menos sexualmente neutro, puesto que es esencialmente a las mujeres a las que se les ha confiado esa responsabilidad.

Está constituido, en primer lugar, por cierto número de actividades específicas que tienen lugar en el ámbito doméstico, fuera del sector de la producción mercantil: cocina, limpieza, cuidado de los niños, etc. Sin embargo, estas tareas con connotación “femenina” no se reducen a un trabajo puramente mecánico; la mujer es además encargada de crear una atmósfera agradable y calurosa, donde se esté a salvo del ruido estridente de la concurrencia reinante “afuera”, en el mundo “real” capitalista de la economía, de la política y de las ciencias. En conclusión, sobre ella reposa igualmente el “cuidado” y el “afecto” -el “trabajo del amor”, por así decirlo- en consideración del hombre y los niños. Según esta perspectiva, el sentido de las relaciones personales, las cualidades emocionales y la “dulzura” forman claramente parte de las indispensables “virtudes femeninas”. Al contrario, lo “masculino” se asocia al intelecto, la firmeza, y por encima de todo, la competitividad. No es indispensable que el hombre sea bello, pero es, sin embargo, el primer deber de la mujer.

Aunque lo piense la mayoría de la gente, la modernización no ha atenuado la dominación patriarcal; al contrario, la ha intensificado. Corresponde a la economía capitalista haber producido entre hombres y mujeres una escisión tan extrema que podríamos creer que procedieran de planetas diferentes. En las sociedades premodernas, no existía todavía ninguna separación estricta entre producción de bienes y esfera doméstica. Las asignaciones de género, en consecuencia, eran menos rigurosas, con las mujeres teniendo plenamente su lugar en la producción agrícola y artesanal. Pero la economía de mercado moderna transforma la producción de bienes en una esfera autónoma dirigida a la maximización de una ganancia económica abstracta, y de esta manera en un elemento central de la esfera pública burguesa dominada por los hombres. Lo sabemos bien: capitalistas y hombres  de negocios se reclutan mayoritariamente entre el género masculino.

Este estricto reparto de funciones entre los sexos aparecido con la era moderna no podía ser igualitario. Cierto es que no se puede negar que las actividades y comportamientos con connotación “femenina” sean tan indispensables socialmente como aquellos que conciernen a la producción de bienes, asignada al dominio funcional “masculino” de las tareas. Pero las mujeres no se ven de ninguna manera recompensadas por su participación en la reproducción social total. Precisamente y a fortiori porque se les adjudica todo aquello que, por su naturaleza, no se puede expresar en términos monetarios -y por tanto, “no vale nada” desde el punto de vista capitalista-, las mujeres, así como las actividades, carácter y virtudes asociadas a ellas, resaltan en lo inferior y lo secundario.

Naturalmente, con el advenimiento de la era moderna, las mujeres, aunque sean poco comunes en ellas, no han desaparecido totalmente de las esferas públicas burguesas, ya sean el mundo del trabajo y de la economía, o la vida política, cultural, etc. No obstante, el estigma de desvalorización que las golpea se ha extendido igualmente a estos dominios (2). Una mujer activa profesionalmente o políticamente no se librará sin embargo de las características sociales que la cultura masculina dominante asocia al “sexo débil”. Quedará, de hecho, a cargo de la cocina, de los niños y del “amor”, y no se verá jamás ocupada seriamente en los planos económico y político. Y no hablamos aquí solamente de un yugo impuesto desde el exterior. Este existe, pero se duplica en una representación psíquica interiorizada por medio de la educación. Es de sobra conocido: las mujeres que tienen una vida pública y profesional son, aún hoy, menos numerosas que los hombres, teniendo en general más raramente una posición elevada y son así mismo peor remuneradas.

En esta fase, el dilema del movimiento feminista pasa a estar claro: derribar verdaderamente el patriarcado implicaría poner en cuestión el conjunto del modo de producción moderno; no por supuesto a través de una idealización anticuada de las sociedades agrarias, sino mediante la reivindicación de un cambio radical en la organización de las fuerzas productivas. Así como la lógica “masculina” y destructiva que pilota la economía no sea destronada, las formas de actividad y los caracteres supuestamente “femeninos” permanecerán calificados como inferiores y relegados a la esfera privada. Superar la disociación estructural entre, de un lado, la “lógica” del dinero y de otro, la “irracionalidad” de la esfera doméstica, del cuidado a las personas y las emociones, aparece como la única vía hacia la elaboración de relaciones hombres-mujeres más emancipadoras.

Por contra, un feminismo que se queda en reivindicar la “igualdad de derechos” sin poner en cuestión el modo de producción, esta condenado a la impotencia desde el punto de vista de la forma escindida de la vida social. La llamada al sentido moral de los hombres, que reclamaba que estos tomen parte en las actividades y comportamientos disociados de la vida personal y familiar, se apaga sin haber recibido el menor eco, y el feminismo ha reducido poco a poco su campo a las esferas económica y política. La emancipación de las mujeres no se medirá más en los cambios de actitud de los hombres en privado sino en la la posición de las mujeres en la vida pública. El ideal femenino postmoderno no es la mujer irracional y mimosa, sino la “businesswoman” arribista y andrógina. Junto a las figuras todavía bien vivas de la idiota rubia, de la mujer fatal y de la ama de casa volcada con su familia, aparecen ahora la banquera soltera que practica footing, navega por internet y hace su camino pisoteando a sus competidores exactamente como un hombre.

Asistimos, al menos en las metrópolis en las que se concentra el capital financiero, a una inquietante convergencia entre los sexos y los roles que les son asignados. Aunque la mujer activa deba probar con más intensidad su firmeza y su fría “objetividad” si quiere hacer carrera, el management postmoderno, al contrario, descubre las virtudes de una supuesta “inteligencia emocional” para la estrategia empresarial y el rendimiento individual en una situación de guerra económica. Por último, el “management afectivo” ha hecho su aparición como programa de coaching  propuesto en libros y seminarios. Hordas de “expertos en emociones” y “investigadores de ciencias afectivas”  abogan por el reconocimiento de una “cultura de la emoción” o de la posibilidad de una “gestión emocional” del estrés. Se trata claramente de manipular sus propios sentimientos y experimentaciones subjetivas, a fin de regularlas en una óptica utilitarista. Las emociones, antaño relegadas a la esfera disociada de la vida privada y de las mujeres, se ven pues en parte “recuperadas” por el capitalismo y explotadas en el marco de técnicas que apuntan al éxito profesional.

El lado perverso de este proyecto se pone particularmente de manifiesto cuando estas “técnicas emocionales” son empleadas en fines de gestión de personal. El economista alemán Hans Haumer, por ejemplo, ha llegado a evocar un “capital emocional”, del cual se espera cierto rendimiento. Por medio de “coeficientes de capital emocional”(3), se intenta medir qué grado de inversión personal de una u otra unidad de “tecnología humana” contribuye al beneficio sacado por la empresa. En definitiva, esto significa que el sometimiento de los asalariados a las exigencias de la flexibilidad de la economía, a los diktats de todo tipo y a la ideología del rendimiento individual, podría, en cierta manera, recibir el remiendo de una “racionalización de las emociones” Un patrón dotado de “inteligencia emocional” evitará por tanto las fricciones y dará a sus empleados el sentimiento de que son amados y apreciados, aunque en realidad no los considere ni más ni menos que material humano. La utilización del “capital emocional” habrá logrado su plena eficacia cuando, con lágrimas en los ojos, la gente de las gracias a la dirección que les echa a la calle.

Con toda evidencia, los comportamientos y los modos de vida separados se  encuentran de nuevo – pero de la peor de las maneras: la esfera autónoma de la economía comienza a absorber las normas de conducta, roles y “caracteres” reservados hasta ahora a la intimidad y al hogar, a fin de instrumentalizarlos al servicio de la lógica del dinero. Solamente en la medida en que el hombre postmoderno gana en emotividad, paralelamente, la mujer postmoderna podrá de aquí en adelante encontrar una función económica a sus “virtudes femeninas “ socializadas. Aunque los medios sugieran que el fútbol femenino, el striptease masculino o los matrimonios gays y lesbianos contribuyen a apaciguar la guerra de los sexos, no es más que una cuestión de reducir a funciones económicas la afectividad de la esfera privada. Lo andrógino, sea masculino o femenino, sabrá movilizar su “sensibilidad” en la misma medida que su “firmeza”, para vencer a la competencia, y combinar en el ámbito profesional competencias relacionales basadas en las emociones, a fin de que la máquina siga haciendo dinero.

Si las labores y las virtudes que mantienen el equilibro emocional de la sociedad capitalista estaban antaño mal repartidas entre los sexos, se ven hoy en día irremediablemente debilitadas. En este aspecto, la ley de la escasez coincide hoy con una ilustración irónica: la parte de don y de sensibilidad utilizada para lubricar la máquina económica, se ha perdido para la esfera disociada de la vida privada y de la intimidad. Puesto que las actividades y comportamientos “femeninos” ya no son desplazados afuera de la producción mercantil considerados como incompatibles con la economía capitalista, sino al contrario absorbidos por esta, se deduce una nueva dimensión de la crisis. En definitiva, momentos de la vida social que son indispensables pero que no pueden expresarse en términos monetarios, no serán asumidos conjuntamente por hombres y mujeres emancipados: simplemente caen en el olvido.

La figura que marca la tónica hoy es en efecto la mediática, de la “mujer que lo quiere todo”, que concilia carrera profesional y vida famliar y, por añadidura, llega a volverse día tras día más bella y apetecible en tanto que “objeto de deseo”. Pero para la mayoría, esto representa un modo de vida demasiado exigente para ser soportable. El porcentaje de mujeres que logran llevar a cabo este número acrobático es ínfimo. Sólo un pequeño número de “businesswomen” pueden permitirse   mantener la ilusión delegando las tareas de la limpieza, los niños, etc. a trabajadoras domésticas femeninas (inmigrantes, negras, pobres) – las cuales no tienen ya tiempo para dedicar a su propia familia. Una aplastante mayoría de mujeres se esfuerza desesperadamente en plantar cara al desafío consistente en estar presente a la vez en los ámbitos económico, doméstico y “afectivo”. En la era postmoderna, como anotó la feminista alemana Roswitha Scholz, el patriarcado no desaparece: vuelve “al estado salvaje” y se escinde en diferentes formas de barbarie.(4) Se trata de un mundo que hace de sus hijos asesinos y psicópatas.

Robert Kurz

(1) Cf. Roswitha Scholz, « Remarques sur les notions de “valeur” et de “dissociation-valeur” », en Illusio n°4/5 : Libido. Sexes, genres et dominations, 2007, artículo en linea en: http://palim-psao.over-blog.fr/article-dossiercritique-de-la-valeur-genre-et-dominations-47134207.html. [NdT]

(2) « […] contrariamente a lo que ciertas hipótesis estereotipadas pudieran dejar pensar, la relación entre los sexos no tiene su “lugar” objetivado en las esferas privada y pública. Desde siempre, las mujeres han estado presentes en las esferas públicas, sobre todo en el mundo del trabajo ; pero la disociación prosigue en el interior mismo de estas esferas públicas», Roswitha Scholz, op.cit. [NdT]

(3) Emotionaler Kapitalkoeffizient. En economía, el “coeficiente de capital”, relación del stock de capital fijo productivo (máquinas, edificios, etc.) al valor añadido, entra en el cálculo de la productividad. [NdT]

(4) « […] a medida que se agrava la crisis estructural del sistema capitalsta que se extiende de aquí en adelante a toda la superficie del planeta, asistimos a una barbarización global del patriarcado productor de mercancías», Roswitha Scholz, op. cit. [NdT]

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