Traducciones

Sindicatos y cooperativas: ¿regreso al futuro?

[Traducido por Agintea Hausten. Publicado originalmente en La Directa por David García Arístegui. El autor analiza las contradicciones entre los discurso y prácticas de la denominada “nueva política” en relación con el mundo del trabajo y el papel de la lucha sindical. Para ello, recupera los debates de la Asociación Internacional de Trabjadores alrededor de la centralidad del cooperativismo en detrimento del contrapoder obrero organizado.]

La derrota más grande que ha sufrido el sindicalismo en los últimos tiempos es la cultural. No hay que minimizar en absoluto la represión, claro: hay que tener muy presentes casos como el de Ana y Tamara, condenadas a tres años y un día de prisión por tirar pintura a una piscina en una huelga de instalaciones deportivas en 2010. O las funestas consecuencias legales de la huelga de 2012, ejemplificadas en las condenas a compañeros como Alfon en Madrid, Carlos y Carmen en Granada o Laura y Eva en Barcelona. Y, para acabar, el caso paradigmático del SAT en Andalucía, con más de 600 compañeros sancionados y procesos judiciales que suman peticiones de más de 400 años de prisión y más de un millón de euros en multas sólo entre 2011 y 2015.

No obstante, insistimos, la derrota clave es la derrota cultural. Los y las sindicalistas están prepadas para soportar y luchar contra las agresiones policiales en la calle y las condenas en los juzgados, pero no para recibir lo que en la guerra se conoce como “fuego amigo”. Dos ejemplos de estos ataques contra la lucha sindical de parte de compañeros que, al menos aparentemente, estaban en el mismo lado de la barricada, son los de Ada Colau y Pablo Iglesias. Las declaraciones, actitud y posicionamiento de Ada Colau en la última huelga de TMB o con los trabajadores de las contratas de Movistar han sido clarificadores sobre el papel que juegan los nuevos municipalismo y ayuntamientos del cambio en el frente de la lucha de clases. Caretas fuera. Sin embargo, lo que subyace en el proyecto estatal de Podemos conviene ser analizado con cierto detenimiento.

En el caso del periódico Público, que mandó al FOGASA a 126 trabajadores y después les impidió quedarse con la cabecera, Pablo Iglesias explicaba en su texto ¿Quiénes son los de abajo?:

“teleoperadores, parados, empleadas del hogar, camareros, enfermeros, trabajadores públicos de los que cobran menos del mil euros, profesores interinos, estudiantes que ponen copas en negro para pagarse la matrícula, chavales que reparten pizzas, cincuentones que jamás volverán a encontrar trabajo, migrantes que trabajan en la agricultura, que se prostituyen, que venden dvd´s o que cuidan ancianos, falsos autónomos, pero también quien monta un bar con unos amigos, o una cooperativa, o una pequeña empresa de servicios informáticos, o la señora de la tienda de fruta, o un agricultor. Esos son los de abajo y sólo la miopía de cierta izquierda puede insistir en agruparles a todos bajo la etiqueta de obreros e invitarles a afiliarse a los sindicatos (ojala pudieran). Muchos de ellos ni siquiera pueden ejercer su derecho a la huelga”.

El discurso de Iglesias es nítido. ¿Por qué los y las trabajadores que nombra no pueden afiliarse a sindicatos? ¿Por qué no puede considerarles obreros y obreras? Cuando hablamos de una derrota cultural del sindicalismo nos referimos a este tipo de discursos, que de manera intencionada o no, olvidan toda la historia de las luchas obreras y asimilan el sindicalismo a CCOO, UGT o el sindicato corporativo o amarillo de turno. Nega de Los Chikos del Maíz le respondió con La clase obrera hoy: canis e informáticos, resaltando lo obvio: que pese a la actual composición de clase del sector servicios y de su situación cada vez más precarizada, se organizan en sindicatos y, precisamente, es así como se consigue, a través de la lucha colectiva, condiciones laborales más dignas.
Pero volvamos de nuevo al texto de Iglesias. En su enumeración de realidades laborales también añadía como grupos “no sindicalizables”: “pero también quien monta un bar con unos amigos, o una cooperativa, o una pequeña empresa de servicios informáticos, o la señora de la tienda de fruta, o un agricultor.” Aparecen las cooperativas, que están popularizándose como una opción laboral para cada vez más personas, y que cuentan con el apoyo entusiasta tanto de instituciones como de movimientos sociales. Pero… ¿qué es exactamente y qué implica el cooperativismo? ¿Y como ha sido históricamente su relación con el sindicalismo?
Si bien pudiera parecer un fenómeno nuevo, el cooperativismo es un viejo conocido del movimiento obrero internacional. Suele marcarse el origen del cooperativismo en Rochdale, en el norte de Inglaterra. EN 1844 se creó la Sociedad Equitativa de los Pioneros de Rochdale, que impulsó la primera cooperativa de consumo, bajo la influencia directa de los postulados de Owen y Fourier. En el Estado español los introductores del cooperativismo fueron fourieristas como Joakin Abreu o Fernando Garrido, fundador de la pionera Asociación General de Abastos y Consumos en París junto con Proudhon y el mismo Fourier. Las relaciones entre cooperativismo y movimiento obrero en el Estado español han sido siempre muy conflictivas. Para contextualizar la tensión entre cooperativismo y sindicalismo, es interesante recordar cómo ya alertó en su momento Kropotkin, que el dogma liberal del laissez-faire se aplicaba únicamente en la libertad para hacer negocios (aunque fuera en forma de cooperativa). Una libertad de “dejar hacer, dejar pasar” de la cuál nunca se benefició el movimiento obrero”, cuyas organizaciones sufrieron constantes ilegalizaciones, clausura de locales, censura de periódicos, prisión y ejecuciones de sus militantes. Las iniciativas cooperativas proliferaban mientras la represión política y sindical eran una receta cotidiana.
Como no podía ser menos, fue materia de reflexión del Congreso Obrero de Barcelona de 1870, una de las fuerzas motrices para la creación de la Primera Internacional. En sus sesiones se tocaron diversos temas fundamentales:
Respecto a las huelgas, acordaron la necesidad de declarar huelgas reivindicativas, que superasen el mero corporativismo y se convirtieran así en un instrumento para llegar a la revolución social. En segundo lugar, se apostó por la creación de sindicatos de oficio, agrupados en Federaciones Locales, que desde el punto de vista de los anarquistas podrían servir como embriones de los futuros órganos de gestión de los municipios y del país. Paralelamente, la alianza de anarquistas (antipolíticos) y de sindicalistas (apolíticos) propició la renuncia de las sociedades obreras a intervenir colectivamente en la política institucional, una decisión que no impedía la acción política individual de sus afiliados. Finalmente, las cooperativas. Después de una gran polémica sólo se aceptó la existencia de cooperativas de consumo, pero no de las de producción. Caracterizadas claramente y sin ambages como una “institución burguesa”, el cooperativismo pasaría a ocupar un segundo plano en las tareas de las sociedades obreras y los sindicatos emergentes, si bien, en un extraño giro, el dictamen final del Congreso recogía que “la cooperación de producción con la universal federación de asociaciones de productores es la gran fórmula del gobierno del porvenir, y de aquí también la utilidad de ir cultivando este ramo para ir adquiriendo hábitos prácticos en el manejo de negocios con aplicación en la sociedad futura”.

Aunque el capitalismo y los estados han evolucionado mucho desde 1870, no podemos decir lo mismo de las respuestas políticas y organizativas que esta dando la clase trabajadora. De hecho, podría decirse que estamos volviendo a formas de lucha presindicales, de mutualismo primitivo y la recuperación acrítica de las propuestas políticas del socialismo utópico. Si a finales del siglo XIX el sector mayoritario del sindicalismo revolucionario descartó la participación política, las huelgas corporativistas y la centralidad de las cooperativas como herramientas para la lucha revolucionaria, hoy en día nos encontramos en el escenario opuesto en los movimientos sociales. Si en el seno de la Primera Internacional se veían con malos ojos las cajas de resistencia -entendiendo que tenían un carácter desmovilizador a medio plazo allí donde no pudieran articularse- hoy se presenta como una “novedad sindical” el Correscales, “un crowdfunding de ayuda mutua más grande contra la precarización”. O hay quien caracteriza a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca como un nuevo tipo de sindicalismo o de “sindicalismo 2.0”, cuando en realidad no es más que una actualización de las antiguas Sociedades de Socorros Mutuos, ya que no se plantea su actividad enmarcada en la lucha de clases o, al menos, dirigida a la raíz del problema: el mercado de trabajo. Por tanto, desgraciadamente no se están perfilando nuevas formas de sindicalismo, ya que el proceso que se está dando es un peculiar retorno a formas protosindicales (el contexto es de fuerzas del cambio que no son “ni de izquierdas ni de derechas”, recordemos) el que evidencia la enorme derrota que ha sufrido la clase trabajadora a nivel ideológico, político y organizativo.

El autor agradece las aportaciones del foro Laboral de Alasbarricadas.org

David García Aristegui es autor de “¿Por qué Marx no hablo del copyright?”

 

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