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El fetichismo del procés (y su secreto)

[Texto publicado originalmente en enero de 2017 en La Directa por Isaac Arriaza. Traducido por Agintea Hausten]

El Marx más desconocido, el más profundo, el más incisivo y el más radicalmente (de ir a la raíz, evidentemente) anticapitalista, se encuentra en un pequeño epígrafe de su obra más célebre: El Capital. A lo largo de esta, el pensador alemán disecciona el modo de producción capitalista -que en realidad es un sistema social total, y él lo sabe- descomponiéndolo en sus elementos constitutivos más simples (en apariencia). De hecho, comienza la explicación por lo que parece el final, la consecuencia de todo ello: la mercancía. El resultado del trabajo humano, como consecuencia de una actividad que ya no le pertenece porque es controlada por otro, acaba cobrando vida propia y, finalmente, se enfrenta a sus creadores como una existencia -como un ente- independiente.

La mercancía que mejor encarna esta separación, que es a la vez la que iguala todos los trabajos, equiparándolos, borrando todas las tareas concretas contenidas en la misma, es el dinero; también denominado por Marx el equivalente universal. El dinero, como tal, como medio de intercambio y depósito de valor, existe mucho antes que el capitalismo; sin embargo es en éste cuando, por primera vez, vertebra -y es el centro de- todas las relaciones sociales y, evidentemente, económicas. Esto, de forma muy resumida y sintética, es el fetichismo y, como concepto, me sirve de forma notable para el propósito de este pequeño artículo.

Antes de nada es de justicia reconocer que no hay nada de innovador en hacer este planteamiento. Este es el Marx que G. Luckács, H. Marcuse o la Internacional Situacionista, entre otros, nos han ido dejando a lo largo de los años. Otro tema que no ha estado suficientemente trabajado en casa y que, además, ha estado sistemáticamente arrinconado por quien, hasta ahora, ha formado parte del antagonismo político que conocemos como izquierda alternativa (autodenominada a veces anticapitalista). Y es que Marx no fue un economista crítico, como algunas interpretaciones vulgares se esfuerzan en presentarlo, sino un crítico -despiadado- de la economía; de la economía política, que era como se la denominaba en su época. Actualmente quien mantiene encendida la llama -teórica- que ha apostado desacomplejadamente por la vertiente más antidogmática del legado marxiano es, sin duda, la crítica del valor (también conocida como teoría del valor) vertebrada en los años noventa por parte de Robert Kurz alrededor de las revistas alemanas KRISIS y EXIT. Comencemos.

Hay un punto de magia, de misticismo, que envuelve el proceso soberanista. El procés se ha configurado, a lo largo de estos años, como sujeto político autonomizado, con vida propia. Además, se ha convertido en un ente personificado hasta un grado máximo, al cual se le ha otorgado la capacidad de solucionar aparentemente todos los problemas que afronta nuestra sociedad, en este caso, la sociedad catalana. Esto es precisamente lo que prueba su existencia fetichista y lo que lo equipara a la categoría fetichista por excelencia, y condición de existencia -necesaria aunque no suficiente- del capitalismo en todas sus formas: la mercancía.

El procés es también, en sí mismo, una mercancía. Aunque un poco especial. Lo pone de manifiesto su facilidad para ser puesto en circulación y generar plusvalor. La industria mediática adora este fetiche a causa de su capacidad para generar audiencia y vender merchandising. Desde un punto de vista religioso, este nuevo fetiche, también denominado “independencia”, contiene la peculiaridad de que no es necesario adorarlo para gozar de su gracia. Por sí mismo, eleva la cuota de pantalla de extremo a extremo. La mercancía, en cambio, y tal y como es diseccionada en “El Capital”, como elemento central de las relaciones de producción capitalista, es producto del conflicto y la contradicción: la abstracción de trabajo humano realmente existente. Su existencia, su centralidad, el dinamismo que facilita en un contexto donde el dinero es la mercancía fetichista por excelencia, esconde su origen como producto del trabajo humano y vuelve a la vida como realidad separada de su praxis concreta como valor de uso.

El independentismo, en la actualidad, se caracteriza por ser un fenómeno político en el cual el procés (la correspondiente sucesión de los acontecimientos) es quien domina a los hombres y las mujeres. Estos, en cambio, no lo controlan en absoluto. Esta afirmación, todo sea dicho, sólo es cierta en parte. Despersonalizar, es decir, poner el foco en la importancia de las estructuras sociales, no nos ha de impedir reconocer que en el interior del procés concurren actores (tanto individuales como colectivos) en posiciones de poder y dominación. Agentes protagonistas y subalternos. Esto no niega que, de forma mayoritaria, el procés sea visto por los individuos -espectadores- como una serie de episodios televisivos a imagen de las superproducciones norteamericanas tan de moda en nuestros días.

Parafraseando al propio Marx, aquello misterioso de la forma que toma el procés es que se presenta a los hombres y mujeres como un fenómeno con vida propia cuya existencia obedece a lógicas internas singulares y características del mismo. Su verdadera esencia permanece oculta y es una tarea ineludible de la crítica desvelarla.

El procés soberanista toma una forma fetichista -también- porque desde el comienzo fundamenta su existencia en las instancias separadas de la política y el espectáculo: el parlamentarismo (es decir, el Estado) y los medios de comunicación de masas (redes sociales digitales incluidas). Haciendo propia una sentencia de Anselm Jappe, el fetichismo del procés no es solamente una abstracción nominal sino la reducción efectiva de toda la actividad política (principalmente la institucionalizada) a un número muy reducido de categorías de pensamiento y/o racionalidad. El procés es pura simplificación conceptual y es por ello que, en el ámbito de las aportaciones teóricas que -de una manera u otra- ponen el foco en la emancipación, sea muy poco estimulante intelectualmente.

El capitalismo y el procés soberanista se igualan en la adoración de una categoría abstracta creadas por los hombres y mujeres (producto de sí mismos, que diría Marx) y que, súbitamente, adquiere cualidades mágicas. Estas categorías abstractas y sin embargo reales, que corresponden al capitalismo y al procés respectivamente, son el dinero (como decíamos al comienzo) y la independencia. Los grandes desfiles independentistas acontecidas durante los últimos años y las multitudinarias colas para adquirir el último gadget de Apple son la mejor plasmación gráfica de la naturaleza alienante que, con pocas diferencias, vincula las dos realidades fetichizadas.

Siguiendo a Marx, el dinero es capaz de reconocer belleza a aquello lejano feo e indeseable (según los estándares occidentales del siglo XIX, obviamente). Según el relato procesista, la independencia solucionará de golpe todos los problemas de la sociedad catalana. Por otro lado, y como alcahuete universal, el dinero tiene la capacidad de conciliar todas las contradicciones inherentes al capitalismo y provocar, de forma casi unánime, un cierre de filas en torno a sus propiedades sobrenaturales. Lo mismo pasa con la independencia y el procés soberanista. Alrededor de estos fetiches, adorándolos, se han reunido “proletarios” y “burgueses”. O al menos lo han hecho sus equivalentes históricos contemporáneos.

Unos y otros, todos los actores implicados se han mostrado incapaces de liberar al procés de este carácter fetichizado. Piensan que basta con sustituir al actual mando procesista y cambiar el rumbo de la nave. Esta es la misma lógica instrumental según la cual el capitalismo es reformable con el objetivo de corregir sus deficiencias. La realidad sin embargo es que hoy por hoy se les ha escapado completamente de las manos y no lo controlan en absoluto. Es por esto que hay que trasladar la imagen de todo lo contrario: se están produciendo avances significativos y nos encontramos en una posición cualitativamente diferente respecto a hace cuatro años, nos dicen.

El procés, como fenómeno fetichizado, sólo permite una adhesión de tipo dogmático y dicotómico. En consecuencia, se ha dirigido rápidamente al totalitarismo ideológico. Muy pocas veces su manifestación espectacular se ha mostrado permeable a mostrar matices. Presenta un abanico cromático muy pobre, aburrido y previsible. Predominan los colores primarios y nunca ha dejado lugar a los matices. Más bien, blanco y negro. Independentismo, o como máximo soberanismo con variantes limitadas, versus españolismo. Binarismo y reduccionismo que tiende muy rápidamente a la simplicidad y que conlleva a menudo menospreciar y ridiculizar a quien se esfuerza por introducir argumentos que pongan de relieve la complejidad en definitiva. Dicho esto, se ha de reconocer que, al contrario, los que piensas que sin su completa extinción, sin su resolución definitiva, el mismo procés puede incorporar premisas con tal de reformularlo es que no ha acabado de comprender la esencia de toda su magnitud. En este sentido, algunos deberían reflexionar sobre el sentido de combatir un totalitarismo (el indudable ataque sistemático de las instituciones del estado contra los esfuerzos emancipatorios, individuales y colectivos, que se han dado y se dan en su territorio) con otro.

Aquellos que verdaderamente están comprometidos con la autodeterminación (entendida como emancipación colectiva protagonizada por individuos conscientes y dispuestos -más allá de las consecuencias que se pudieran derivar- a tomar las riendas de su vida), no pueden hacer nada más que cooperar activamente para hacer saltar por los aires esta inmensa bola de nieve. Puede que aún no sea demasiado tarde.

La emancipación pasa, inevitablemente, por negar, de todas las formas posibles, las categorías abstractas y fetichistas con las cuales nos identificamos. Sea activa o pasivamente. El procés soberanista, como se ha argumentado hasta ahora, es sin ningún tipo de duda una de estas abstracciones. Superar el fetichismo, siguiendo las palabras de Jappe, quiere decir crear el sujeto consciente -no fetichista- y apropiarse de todo lo que ha sido producido -aquí también se incluyen las ideas- bajo la forma de un fetiche. Habrá quien piense que dinamitar el procés soberanista en su forma actual no es aleja de la independencia jurídica (materializada en la forma Estado que tanto anhelan algunos) pero seguramente nos permitirá, en ausencia del ruido hoy dominante, pensar en profundidad qué significado queremos dar a los términos emancipación y autodeterminación. Sin rueda, el hámster no tardará en plantearse como salir de su encierro. Pronto se determinará a hacerlo y entonces se dará cuenta de que su liberación pasa -esté o no a su alcance en ese momento- por destruir la jaula.

 

 

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Un comentario sobre “El fetichismo del procés (y su secreto)

  1. El texto está bien, pero no estoy de acuerdo con que haya que dinamitar el proces para generar conciencia de clase, que es lo que se dice al final del artículo.

    Por otra parte, cuestionar si la burguesía o el proletariado y la lucha de clases siguen existiendo a día de hoy es una de esas limitaciones de la Wertkritik de las que no se consigue zafar.

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